viernes, 28 de junio de 2013

"UN EQUIPO, UN PAÍS"

Mientras el mundo espera noticias sobre la salud de Nelson Mandela, Zona de Tackle propone una lectura sobre el hombre que tackleó la adversidad y resultó airoso. Lee este bellísimo texto en www.zonadetackle.com  



Cinco minutos antes del inicio, Nelson Mandela salió al campo para dar la mano a los jugadores. Llevaba la gorra verde y la camiseta verde de los Springboks, abotonada hasta el cuello. Cuando el público lo vio, se quedó en silencio. Fue como si no pudieran creer lo que estaban viendo. Entonces empezó a oírse un clamor, primero en voz baja pero enseguida subiendo en volumen e intensidad.
Morné du Plessis lo oyó al salir del vestuario hacia el campo. “Salí a aquel sol frío y brillante de invierno y, al principio, no entendía lo que pasaba, qué gritaba la gente, por qué había tanta excitación cuando los jugadores todavía no habían saltado al campo. Entonces descifré las palabras. Aquella multitud de blancos, afrikaners, gritaba, como un solo hombre, una sola nación: ‘Nel-son! ¡Nelson! ¡Nel-son!’ Una y otra vez, ‘¡Nel-son! ¡Nel-son!’, y fue algo...” Los ojos de este rugbier se le llenaban de lágrimas mientras intentaba encontrar las palabras para describir el momento. “No creo —prosiguió—, no creo que vuelva a vivir nunca un instante como aquél. Fue cuando comprendí que realmente había una posibilidad de que este país saliera adelante. Aquel hombre estaba demostrando que era capaz de perdonar por completo, y ellos —la Sudáfrica blanca, la Sudáfrica blanca aficionada al rugby— estaban probando, con aquella reacción, que también querían devolverle el favor, y eso es lo que hicieron al gritar ‘¡Nelson! ¡Nelson!’. Entonces vi a Mandela con aquella camiseta, agitando la gorra en el aire, con aquella sonrisa enorme y especial que tenía. Era la viva imagen de la felicidad. Se reía sin parar, y pensé, sólo con que le hayamos hecho feliz en este momento, ya es suficiente.”
“No pude cantar el himno —reconocía François Pienaar—. No me atreví.” Había querido estar a la altura de la ocasión, ser un ejemplo, no decepcionar a Mandela. Sin embargo, cuando llegó el momento, cuando los dos equipos se pusieron en fila a un lado del campo, antes del partido, y la banda tocó los primeros compases del Nkosi Sikelele, no fue capaz de abrir la boca. “Sabía que, si lo hacía, me iba a venir abajo. Me iba a deshacer en lágrimas allí mismo. Estaba tan emocionado—contaba el capitán Springbok—, que quería llorar. Sean Fitzpatrick [el capitán de los All Blacks] me dijo después que me había mirado y había visto cómo me caía una lágrima por la mejilla. Pero eso no era nada comparado con lo que sentía por dentro. Era un momento de mi vida de tanto orgullo, y yo estaba allí, y todo el estadio retumbaba. Era demasiado. Traté de localizar a mi novia, fijar mi atención en ella, pero no pude. Así que me mordí el labio. Me lo mordí con tanta fuerza que sentí el sabor de la sangre.”
Lo que había hecho que Pienaar estuviera a punto de venirse abajo de la emoción había sido la visita de Mandela al vestuario de los Springboks diez minutos antes. “Acababa de ponerme los vendajes y estábamos todos allí, en un estado de tensión como no habíamos vivido jamás---recodaba Pienaar---, conscientes de que aquello era lo más grande que habíamos hecho nunca; una oportunidad de lograr todo lo que siempre habíamos deseado. Y estaba pensando en todo eso pero, al mismo tiempo, con toda la atención puesta en los detalles del partido, cuando, de pronto, apareció él. No sabía que iba a venir, y todavía menos que iba a llevar la camiseta Springbok. Dijo ‘Buena suerte’, se dio la vuelta y vi en la espalda el número 6, que era yo... Los hinchas más apasionados son los que llevan la camiseta de su equipo. Y allí estaba yo viéndolo entrar en el vestuario, precisamente en aquel instante, vestido como otro hincha más, pero resulta que era mi camiseta la que llevaba.”
Mandela había sorprendido a los Springboks. Según recordaba Morné du Plessis: “De pronto, los jugadores lo vieron y todo el mundo empezó a reírse, a sonreír, a aplaudir. La tensión se disipó.” En esta ocasión, el discurso de Mandela fue más breve, más cercano y más directo que el de la víspera del partido contra Australia. “Miren, muchachos,—dijo—, juegan contra los All Blacks, uno de los equipos más potentes en el mundo del rugby, pero ustedes son todavía más potentes. Y sólo tienen que recordar que toda esta multitud, tanto negros como blancos, está con ustedes, y que yo estoy con ustedes.” Luego se paseó por la sala, dando la mano y diciendo unas palabras a cada jugador. Cuando salía por la puerta, François Pienaar le dijo en voz alta: “Me gusta la camiseta que lleva, señor.”
Mandela era consciente de que su visita podía elevar más aún la presión sanguínea de los Springboks. Sus cálculos, una vez más, eran acertados. Tres minutos después, mientras los clamores de ‘¡Nelson! ¡Nelson!’ todavía recorrían el estadio, les tocó a los jugadores salir al campo. A partir de ese momento, era cosa suya. La responsabilidad del bienestar del país quedó depositada en manos de los jugadores. No iba a haber nada más importante durante la hora y media siguiente…
“Cuando terminó el partido —contaba Morné du Plessis—,y empecé a correr hacia el túnel, sentí que las cosas nunca volverían a ser iguales. Allí mismo me di cuenta de que lo mejor había quedado atrás, que la vida no podía ofrecer nada mejor. Pensé: ‘Hoy lo hemos visto todo’”. Pero Du Plessis se equivocaba. Quedaba Mandela bajando al campo, con la camiseta puesta, la gorra en la cabeza, para entregar la copa a su amigo François. Y quedaba el público embelesado de nuevo —“¡Nelson! ¡Nelson! ¡Nelson!”— cuando Mandela apareció en la línea de touch saludando a la muchedumbre, mientras se disponía a acercarse al podio a entregar la Copa del Mundo a François Pienaar. Y hubo aplausos y lágrimas cuando Pienaar ofreció el que iba a ser un ejemplo memorable de elocuencia improvisada. Un periodista de televisión se le acercó y preguntó: “¿Qué ha sentido al tener a 62.000 aficionados apoyándoles aquí en el estadio?” Sin dudarlo un instante, respondió: “No teníamos a 62.000 aficionados con nosotros. Teníamos a 43 millones de sudafricanos.”

Extractado del libro El factor humano, de John Carlin (Seix Barral, 2009).

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